Tejer la red frente al aislamiento y la incertidumbre: La apuesta del primer Círculo Ecofeminista, la «Trama» del hacer/ser colectiva

En un contexto global y nacional que a menudo empuja hacia el individualismo y la atomización social, surgen espacios que proponen exactamente lo contrario: detenerse, encontrarse y sostenerse en común. Bajo esta premisa nace Trama, Círculos Ecofeministas que busca responder a una pregunta tan urgente como fundamental para los movimientos sociales actuales: ¿Cómo hacer colectiva?
Lejos de las lógicas rígidas de la organización tradicional, esta iniciativa se presenta como un tejido vivo. No se trata solo de agrupar personas, sino de entrelazar historias, saberes y afectos. El círculo se convierte así en un espacio seguro donde el cuidado mutuo y la defensa de la vida no son conceptos abstractos, sino prácticas cotidianas que se experimentan en el cuerpo y en el territorio compartido.

El poder de la horizontalidad
La estructura de círculo no es casual. Al eliminar las jerarquías, Trama propone un modelo donde cada voz es un hilo indispensable para el diseño final. En estos encuentros, la vulnerabilidad no se entiende como una debilidad, sino como la base misma de la resistencia política y comunitaria. Es desde el reconocimiento de la interdependencia —de saber que nos necesitamos mutuamente para sostener la existencia— donde empieza a tejerse la verdadera alternativa.
«Sanar desde la comunidad significa aquí poner «curitas» donde otros rompen, transformando el agotamiento en sostén mutuo y reciprocidad»
Hacer colectiva, desde la perspectiva de este espacio, implica también disputar el tiempo. Es abrir un paréntesis en el ritmo acelerado del día a día para escuchar el dolor, celebrar las victorias pequeñas y construir una memoria común que fortalezca el tejido social desde abajo.

Sostener la vida en común
Frente a las crisis contemporáneas, la propuesta de Trama resuena como un refugio y, al mismo tiempo, como un semillero de acción. Al cruzar la mirada ecofeminista con la necesidad de crear comunidad, el círculo demuestra que la transformación social no ocurre en el aislamiento, sino en la capacidad de enredarse con otras, de sostener la red y de recordar que ninguna lucha se camina en soledad.
Nos atraviesa un profundo cuestionamiento político del habitar: hemos rechazado el autoritarismo y el extractivismo emocional que invisibiliza nuestro trabajo, para sembrar, en su lugar, una economía del don donde todas brillemos con luz propia.
El placer de encontrarse para sanar. Nos alegramos con la presencia de nosotras mismas en este círculo, volvemos a reencontrarnos porque necesitamos espacios donde las mujeres no sean sinónimo de sumisión o pasividad. Nos juntamos para reconocer esa fuerza protectora, defensiva y luchadora que emerge cuando estamos en comunidad.

Desaprender las lógicas de la imposición. No es fácil liberarnos de las imposiciones y reconocer los vínculos, hemos visto incluso estando entre mujeres, a veces se cuela esa energía de choque, un eco de imposiciones que nos resulta ajeno. Es de sabernos conscientes de que somos hijas de estructuras heridas por el colonialismo y el autoritarismo, lógicas que siempre buscan una voz que mande y un cuerpo que obedezca. En un despertar del ser hemos decidido No al caudillismo que intenta robarnos la libertad .
Saber dónde NO queremos estar. Escuchamos nuestros cuerpos: ese hormigueo en los brazos que nos dice: «aquí no es» Nos negamos a habitar espacios que nos condenan a ser «sobremudas», donde nuestra labor se diluye en el servicio silencioso y las tareas técnicas mientras otros reclaman el derecho a dirigir.

El valor de la confrontación honesta. La mediación tiene sentido cuando el objetivo es claro, pero la confrontación también es necesaria: sin ella no hay honestidad. Lo que corroe al grupo es lo que se dice por debajo, el chisme que rompe el centro. Preferimos ver la verdad de frente para poder mirar juntas hacia lo grande.
Sostener(nos) como acto político. Se invisibiliza el trabajo de sostenimiento afectivo que hacemos sistemáticamente. Mientras otros rompen, nosotras rearmamos, curamos y nos preocupamos por lo humano: ¿comiste?, ¿cómo estás? Reclamamos una economía del don donde el trabajo se reconozca y los beneficios sean para todas.
Maternar la vida y abrazar la montaña. Maternar no es solo una palabra; es cuerpo, alma y espíritu. Criamos en medio de una sociedad que a menudo sólo enseña a «romper cosas», pero nosotras gestamos otras formas de habitar el territorio, desde el río hasta la montaña. No maternamos solas; nos sostiene la red, eso si no maternamos a los hombres, somos compañeras, no sus madres, valoramos el cuidado como centro de la vida, pero no aceptamos la explotación de los cuidados.

La fuerza de lo diverso. Lo que más nos gusta de lo colectivo es aprender de la diversidad: somos tan diferentes y, a la vez, tan parecidas. Sentimos el placer de compartir lo que parece «mío» pero en realidad es de todas. La alegría se expresa en el corazón, en el estómago, en la felicidad de crear.