Estudié sexto grado de educación básica en la escuela rural de El Paují, en la Gran Sabana, Venezuela. Vivia con mis padres en Solís, un pequeño asentamiento junto al Pozo Catedral, en la ruta entre El Paují y Santa Elena de Uairén, marcada por los camiones de diésel y el movimiento constante de garimpeiros en la búsqueda de oro y diamantes. Años después, regresé a Solís y encontré drogas en el lecho del Pozo Catedral. No puedo olvidar la escena de muerte de un río que había hecho mío.
En el 2026, el Estado venezolano creó el Arco Minero del Orinoco (AMO), un megaproyecto que legalizó la explotación de más de 112.000 kilómetros cuadrados de la Amazonía. Hoy, el AMO sostiene la atroz dictadura que se ha mantenido en el poder durante veintisiete años.

Con la intención de convocar simbólicamente la restauración del equilibrio ambiental en la Orinoquia- en medio de las restricciones territoriales impuestas por mafias militares, grupos paramilitares y guerrillas que controlan la zona- actuamos resignificando el daño infligido a las agua, la tierra, el bosque, los animales, las comunidades, las mujeres, las niñas y las abuelas. Nos reunimos para encarnar este gesto llamado Yo Oro Lloro, una manifestación ecofeminista que nos arraiga al territorio, unidas en un llanto sanador, un flujo de lágrimas colectivas que lava las heridas de nuestra tierra, enlazadas con la serpiente de siete cabezas del río Orinoco, madre de todas las agua.

Para conocer más sobre esta propuesta artistica visita el instagram @Yoorolloro